CANTO
DE ENTRADA
(Rey
y Sacerdote - P. Martins)
Una vez reunido el pueblo, el Obispo se dirige
al altar con los ministros durante el canto de entrada.
Cuando llega al altar, se inclina
profundamente con los ministros, besa el altar en señal de veneración e
inciensa la cruz y el altar. A continuación, se dirige con los ministros a las
sillas.
El Obispo, vuelto al pueblo, dice:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo: ℟. Amén.
A continuación, el obispo abre los brazos
y saluda a la gente: La
paz esté con ustedes.
El pueblo responde: Y con tu espíritu.
ACTO
PENITENCIAL
El obispo invita a los fieles al acto
penitencial diciendo:
Al comenzar esta celebración eucarística,
pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así
obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con
nuestros hermanos.
Pausa de silencio. todos dicen en común la fórmula de la confesión
general:
Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante
ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y
omisión.
Y, golpeándose el pecho, dicen:
Por mi culpa, por mi culpa, por mí gran
culpa.
Luego, prosiguen:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a
los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante
Dios, nuestro Señor.
Sigue la absolución del obispo:
Dios todopoderoso tenga misericordia de
nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
El pueblo responde: Amén.
SEÑOR,
TEN PIEDAD
(Misa
melódica)
GLORIA
(Misa
melódica)
ORACIÓN
COLECTA
Terminado
el himno, el Obispo, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Luego el Obispo, con los brazos abiertos, dice
la oración colecta: Oh, Dios, que enseñaste a los ministros de tu
Iglesia a servir a los hermanos y no a ser servidos concede a estos
siervos tuyos, que te has dignado elegir hoy para el ministerio diaconal, competencia
en la acción, perseverancia en la plegaria y mansedumbre en el
servicio.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos
de los siglos.
El pueblo
aclama: Amén.
LITURGIA
DE LA PALABRA
PRIMERA
LECTURA
(Is
62, 1-5)
El lector se dirige al ambón para proclamar la
primera lectura, que todos escuchan sentados.
Lectura del
libro de Isaías.
Por amor a
Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora
de su justicia,
y su
salvación llamee como antorcha.
Los pueblos
verán tu justicia. y los reyes tu gloria;
te pondrán
un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la
mano del Señor
y diadema
real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra
«Devastada»; ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque
el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se
desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija
el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.
Al final de
la lectura, el lector aclama: Palabra de Dios.
Todos
responden: Te alabamos, Señor.
SALMO
RESPONSORIAL
(Sal
95)
℟. Cantemos
la grandeza del Señor.
Cantemos al Señor un nuevo canto,
que le cante al Señor toda la tierra;
cantemos al Señor y bendigámoslo. ℟.
Proclamemos su amor día tras día,
su grandeza anunciemos a los pueblos;
de nación en nación, sus maravillas. ℟.
Alaben al Señor, pueblos del orbe,
reconozcan su gloria y su poder
y tribútenle honores a su nombre. ℟.
Caigamos en su templo de rodillas.
Tiemblen ante el Señor los atrevidos.
“Reina el Señor”, digamos a los pueblos,
gobierna a las naciones con justicia. ℟.
ACLAMACIÓN
ANTES DEL EVANGELIO
℟. Aleluya,
aleluya, aleluya.
Yo soy el buen pastor, dice el Señor; yo conozco a
mis ovejas y ellas me conocen a mí.
℟. Aleluya,
aleluya, aleluya.
Mientras tanto, el arzobispo, cuando se
utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el
Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la
bendición:
Padre,
dame tu bendición.
El obispo en voz baja:
El
Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su
Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo ✠ y del
Espíritu Santo.
El diácono hace la señal de la cruz y
responde: Amén.
EVANGELIO
(Jn
10, 11-18)
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y
dice:
El Señor esté con ustedes.
℟. Y
con tu espíritu.
El diácono (o el sacerdote), dice:
✠ Lectura
del santo Evangelio según san Juan.
y, mientras tanto, hace la señal de la cruz
sobre el libro y luego sobre sí mismo, en la frente, la boca y el pecho. ℟. Gloria
a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Yo
soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el
asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir
al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las
dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen
pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre
me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo
además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga
también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El
Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la
doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a
tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre.
Cuando termina el Evangelio, el diácono
aclama:
Palabra del Señor.
El pueblo responde:
Gloria a ti, Señor.
Luego lleva el libro al obispo, que lo
besa en silencio y bendice al pueblo.
Luego el diácono deposita el libro en el
altar.
LITURGIA
DE LA ORDENACIÓN
ELECCIÓN
DEL CANDIDATO AL DIACONADO
El ordenando es llamado por el diácono de la
forma siguiente:
Acérquese el que van a ser ordenado diácono.
E inmediatamente los nombra; y el llamado
dice:
Presente.
Y se acerca al Obispo, a quien hace una
reverencia.
Permaneciendo el ordenando en pie ante el
Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia
pide que ordenes diácono a este hermano nuestro.
El obispo le pregunta: ¿Sabes
si es digno?
Y él responde:
Según el parecer de quien lo presenta, después de consultar al pueblo
cristiano, doy testimonio de que ha sido considerados dignos.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a este
hermano nuestro para el Orden de los diáconos.
Todos responden:
℟. Demos
gracias a Dios.
HOMILÍA
Seguidamente, estando todos sentados,
el obispo hace la homilía, en la que, partiendo del texto de las
lecturas proclamadas en la liturgia de la palabra, habla al pueblo y al elegido
sobre el ministerio de los diáconos, habida cuenta de la condición del
ordenando, según se trate de un elegido casado y o de un elegido no casado.
PROMESAS
DEL ELEGIDO
Después de la homilía, solamente se levanta el
elegido y se pone de pie ante el arzobispo, quien le interroga con estas
palabras:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de
los diáconos debes manifestar ante el pueblo tu voluntad de recibir este
ministerio.
¿Quieres consagrarse al servicio de la Iglesia
por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?
El elegido responde:
Si, quiero.
El obispo:
¿Quieres desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono como
colaborador del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?
El elegido:
Si, quiero.
El obispo:
¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y de
palabra y obra proclamar esta fe, según el Evangelio y la tradición de la
Iglesia?
El elegido:
Si, quiero.
El obispo:
¿Quieres conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a
tu género de vida y, fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas,
según tu condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo
el mundo?
El elegido:
Si, quiero.
El arzobispo:
¿Quieres imitar siempre en tu vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre
servirás con tus manos?
El elegido:
Si, quiero, con la Gracia de Dios.
Seguidamente, el elegido se acerca
al obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las
manos del obispo.
El obispo interroga al elegido,
diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis
sucesores?
El elegido:
Prometo.
El obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él
mismo la lleve a término.
SÚPLICA
LITÁNICA
Seguidamente, todos se levantan.
El arzobispo, dejando la mitra, de pie,
con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso,
para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre este siervo
suyo que ha llamado al Orden de los diáconos.
Entonces el elegido se postra en tierra, y se
cantan las letanías, respondiendo todos; en los domingos y durante el Tiempo
Pascual, se hace estando todos de pie.
Los cantores comienzan las letanías (las
invocaciones sobre el elegido se hacen en singular).
Concluido el canto de las letanías,
el arzobispo, en pie y con las manos extendidas, dice:
Señor Dios, escucha nuestras súplicas y
confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu
bendición a éste que juzgamos apto para el servicio de los santos misterios.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
El diácono se levanta.
IMPOSICIÓN
DE MANOS
Y
PLEGARIA DE ORDENACIÓN
El
elegido se levanta; se acerca al arzobispo, que está de pie delante de la
sede y con mitra, y se arrodilla ante él.
El Obispo le impone en silencio las manos
sobre la cabeza.
Tras dicha imposición de manos, los presbíteros
permanecen junto al arzobispo hasta que se haya concluido la Plegaria
de Ordenación, pero de modo que la ceremonia pueda ser bien vista por los
fieles.
Estando el elegido arrodillado ante él,
el arzobispo, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de
Ordenación:
Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede
toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus
órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo
tuyo y Señor nuestro —palabra, sabiduría y fuerza tuya—, con providencia eterna
todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.
A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida
con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada en
admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y
dilatarse como templo nuevo y grandioso.
Como un día elegiste a los levitas para servir
en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de
ministros encargados de tu servicio.
Así también, en los comienzos de la Iglesia,
los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como
auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante
el pueblo a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado
de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y
a la predicación de la palabra.
Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a
este tu siervo, a quien consagramos humildemente para el orden del diaconado y
el servicio de tu altar.
Envía sobre él, Señor, el Espíritu Santo, para
que fortalecido con tu gracia de los siete dones desempeñe con fidelidad el
ministerio.
Que resplandezca en él un estilo de vida
evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad
discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones
espirituales.
Que tus mandamientos, Señor, se vean
reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación
del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia,
persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a
tu Hijo que no vino a ser servido sino a servir, merezca reinar con él en el
cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la
unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. ℟. Amén.
ENTREGA
DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS
Concluida
la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El obispo recibe la
mitra. El ordenado se levanta, y un diácono u otro ministro le pone la estola
al estilo diaconal y le viste la dalmática.
El ordenado, ya con sus vestiduras diaconales,
se acerca al arzobispo, quien entrega a aquél, ante él arrodillado, el
libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has
sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has
hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado.
Finalmente, el obispo besa al
ordenado, diciendo:
La paz contigo.
El ordenado responde:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos
diáconos presentes.
Mientras tanto, puede cantarse la antífona
siguiente con el Salmo 145, u otro canto apropiado de idénticas características
que concuerde con la antífona.
Al que me sirva, mi Padre que está en el cielo
lo premiará. (T.P. Aleluya).
Prosigue la Misa como de costumbre. Se dice o
no el Símbolo de la fe, según las rúbricas; se omite la oración universal.
CREDO
(Símbolo
Niceno-constantinopolitano)
Creo en un
solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo
visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del
Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra
salvación bajó del cielo,
En las
palabras que siguen, hasta se hizo
hombre, todos se inclinan.
y por obra
del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por
nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue
sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y
está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a
vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y
dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la
Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo
bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y
la vida del mundo futuro. Amén.
LITURGIA
EUCARÍSTICA
CANTO
DE OFERTORIO
(Bendito
seas, Señor)
Inciensa
las ofrendas, la cruz y el altar. A continuación, el diácono inciensa al Obispo
y al pueblo.
A
continuación, el Obispo, de pie junto al altar, se lava las manos, orando en
silencio.
Después, de
pie en medio del altar y de cara al pueblo, el Obispo extiende y
junta las manos y dice:
Oren,
hermanos, para que, trayendo al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos
dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El pueblo
se levanta y responde:
El Señor
reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para
nuestro bien y el de toda su santa Iglesia
ORACIÓN
SOBRE LAS OFRENDAS
Luego
el arzobispo, con las manos extendidas, dice la oración sobre las
ofrendas:
Dios, Padre santo, cuyo Hijo quiso lavar los
pies de los discípulos para darnos ejemplo, recibe los dones de
nuestro servicio y haz que, al ofrecernos como oblación
espiritual, nos llenemos de espíritu de humildad y de amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
El pueblo
responde: Amén.
PREFACIO
DE LAS ORDENACIONES II
CRISTO,
ORIGEN DE TODO MINISTERIO ECLESIAL
El obispo comienza la plegaria eucarística con
el prefacio. Dice:
El Señor esté con ustedes.
℟. Y
con tu espíritu.
El obispo prosigue:
Levantemos el corazón.
℟. Lo
tenemos levantado hacia el Señor.
El obispo añade:
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es
justo y necesario.
El obispo: En
verdad es justo y necesario,
alabarte y darte gracias,
Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso,
de quien proviene toda paternidad
en la comunión del Espíritu.
En tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno,
siervo obediente,
pastor de los pastores,
has puesto el origen y la fuente de todo ministerio,
según la viva tradición apostólica
conservada en tu pueblo que peregrina en la historia.
Tú eliges dispensadores de los santos misterios
con variedad de dones y carismas,
para que en todas las naciones de la tierra
se ofrezca el sacrificio perfecto
y, con la Palabra y los sacramentos
se edifique la Iglesia,
comunidad de la nueva alianza,
templo de tu gloria.
Por este misterios de salvación,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos con gozo el himno de tu alabanza:
SANTO
(Misa
melódica)
PLEGARIA
EUCARÍSTICA III
El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP: SANTO
eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus creaturas, ya que por
Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida
y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu
honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas
sobre las ofrendas, dice:
CC: Por eso,
Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que
hemos separado para ti,
Junta las manos y traza el signo de la cruz
sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan en el Cuerpo ✠ la Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y
Señor nuestro,
Junta las manos.
que nos mandó celebrar estos misterios.
Porque él mismo, la noche en que iba a ser
entregado,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado
sobre el altar, prosigue:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo
partió y lo dio a sus discípulos.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo
deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.
Después prosigue: Del
mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado
sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz, dando gracias te bendijo, y lo
pasó a sus discípulos.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego
sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.
Luego dice:
CP: Éste es el
Misterio de la fe. Cristo nos redimió.
℟. Cada
vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte,
Señor, hasta que vuelvas.
Después el sacerdote, con las manos
extendidas, dice:
CC: Así, pues,
Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su
admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida
gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y
santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu
Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos
tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y
llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo
espíritu.
C1: Que él nos
transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus
elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles
y los mártires, [san N.:
santo del día o patrono] y todos los santos, por cuya intercesión
confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2: Te
pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación
al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina
en la tierra: a tu servidor, el Papa N,
a nuestros Obispo N, sus Obispo Auxiliar N,
al Orden episcopal, a los presbíteros y a este hijo tuyo que ha sido ordenado
hoy ministro de la Iglesia, a los demás diáconos, y a todo el pueblo redimido
por ti.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia
que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso,
a todos tus hijos dispersos por el mundo.
† A nuestros hermanos difuntos y a cuantos
murieron en tu amistad recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos
juntos de la plenitud eterna de tu gloria,
Junta las manos.
por Cristo, Señor nuestro, por quien concedes
al mundo todos los bienes.
Toma la patena con el pan consagrado y el
cáliz, los eleva y dice:
CP o CC:
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre
omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los
siglos de los siglos. ℟. Amén
RITO
DE COMUNIÓN
Una vez depositados el cáliz y la patena sobre
el altar, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza:
Extiende las manos y, junto con el pueblo,
continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la
tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras
ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes
caer en la tentación, y líbranos del mal.
Solo el sacerdote, con las manos extendidas,
prosigue diciendo:
Líbranos de todos los males, Señor, y
concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras
esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
℟. Tuyo
es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
Solo el sacerdote, con las manos extendidas,
prosigue diciendo:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus
apóstoles: «La paz os dejo, mi paz os doy», no tengas en cuenta nuestros
pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y
la unidad.
Junta las manos.
Tú que vives y reinas por los siglos de los
siglos. ℟. Amén.
El sacerdote, vuelto hacia el pueblo,
extendiendo y juntando las manos, alidde:
La paz del Señor esté siempre con ustedes.
℟. Y
con tu espíritu.
Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el
sacerdote, añade:
En Cristo, que nos ha hecho hermanos con su
cruz, dense la paz como signo de reconciliación.
CORDERO
DE DIOS
(Misa
melódica)
El sacerdote hace genuflexión, toma el pan
consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz,
de cara al pueblo, dice con voz clara:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟. Señor,
no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme.
CANTO
DE COMUNIÓN
(Misión)
ORACIÓN
DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
El obispo desde la sede con las manos
extendidas dice:
Oremos.
Concede, Señor, a tus siervos,
nutridos con el alimento y la bebida del cielo,
que, para gloria tuya u salvación de los creyentes,
sean siempre fieles ministros del Evangelio,
de los sacramentos y de la caridad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
El pueblo
responde: Amén.
RITO
DE CONCLUSIÓN
BENDICIÓN
SOLEMNE
El arzobispo, extendiendo las manos,
dice: El Señor esté con ustedes.
Todos responde: Y con tu espíritu.
Y
seguidamente, el obispo, con las manos extendidas sobre los ordenados y el
pueblo, pronuncia la bendición:
Dios, que os ha llamado para el servicio de
los hombres en su Iglesia, os conceda una gran solicitud hacia
todos, especialmente hacia los pobres y afligidos. ℟. Amén.
El obispo: Él, que os
ha confiado la misión de predicar el Evangelio de Cristo, os ayude a
vivir según su palabra, para que seáis sus testigos sinceros y valientes. ℟. Amén.
El obispo: Y el que
os hizo administradores de sus misterios os conceda ser imitadores de su
Hijo Jesucristo y ministros de unidad y de paz en el mundo. ℟. Amén.
Entonces,
el obispo, y dice:
Y la
bendición de Dios todopoderoso, Padre ✠, Hijo ✠, y Espíritu ✠ Santo, descienda sobre ustedes y
permanezca para siempre, Todos: Amén.
Luego el
diácono, con las manos juntas, dice:
Pueden ir
en paz.
El pueblo
responde: Demos gracias a Dios.
ANTÍFONA
MARIANA
(Regina
Caelli)
CANTO
DE SALIDA
(Himno
a San José)
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